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El Brexit sin eufemismos

09 de Enero de 2019
Los 27 han firmado un acuerdo en el que han manifestado que el proceso de desconexión europea está en camino.

Al eufemismo se opone el disfemismo, que es decir lo mismo aunque de manera que lo entiende todo el mundo.

Juan Carlos Barros, abogado, periodista, consultor europeo, y experto short list de la DG Trade de la Comisión Europea para las negociaciones y aplicación de tratados internacionales comerciales.
El artículo 50º del Tratado de la Unión Europea dice que un Estado miembro puede retirarse de la organización, es decir retroceder a su situación jurídica anterior, que es la de estado nacional soberano. La retirada europea tiene una fase previa en la que el Estado que se va toma esa decisión con arreglo a sus propias normas constitucionales, lo cual es lo lógico.

No obstante, esto, europeamente hablando, constituye solo una intención porque la retirada, aunque unilateralmente  iniciada, se somete al acuerdo jurídico al que lleguen la Unión en su conjunto por un lado y ese Estado por otro lado, en vista de sus relaciones futuras; las cuales, por tanto, hay que detallar. Esto significa que la retirada, en realidad, es una rendición capitulada en derecho o, dicho sin eufemismos, una capitulación.

Se entiende que hacemos un eufemismo cuando decimos con suavidad algo que sí lo dijéramos como es de verdad quedaría feo. Por ejemplo, si en vez de hablar de las víctimas civiles de una guerra decimos que ha habido “daños colaterales”, lo que no cambia ni los muertos ni de dónde son, pero no queda tan realista, digamos.

Al eufemismo se opone el disfemismo, que es decir lo mismo aunque de manera que lo entiende todo el mundo. Lo que sería como decir, siguiendo con el mismo ejemplo, “estirar la pata” en vez de morir, o con la misma soltura en inglés “pegarle la patada al cubo”, que tampoco está nada mal como ordinariez.

Ambas figuras retóricas, aunque contrarias pueden ir juntas, lo que constituye un recurso literario muy eficaz. Un buen ejemplo de lo cual lo tenemos en “Romeo y Julieta” cuando en el acto III, tras lo que parecía simplemente un rifirrafe callejero, Benvolio le pregunta a Mercucio: ¿Estás herido? y éste responde: “un rasguño”…, pero si alguien pregunta por mi mañana, que hablen con el sepulturero por que ya soy un fiambre.”  Y, caballerosamente, allí mismo la cascó.

El lenguaje político o de gobierno, que es en el que se redactan los tratados internacionales, es un lenguaje que suele ir bastante lleno de eufemismos. En su articulo Politics and the English Language (1946), George Orwell, pone un ejemplo de dos maneras distintas de decir lo mismo (una literaria y otra política) y utiliza para ello un conocido párrafo (9:11) del Ecclesiastes:

“En este mundo no gana la carrera el veloz, ni la batalla el fuerte, ni el pan es para el sabio, ni las riquezas para el hombre inteligente, ni le va bien a quienes tienen grandes cualidades; sino que todo es cuestión del momento y de la suerte.”

Políticamente, dice Orwell que se diría así:

“Consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos imponen como conclusión que el éxito o el fracaso en actividades competitivas no muestran tendencia a ser  acordes con la capacidad innata, sino que un considerable elemento de impredecibilidad debe invariablemente ser tenido en cuenta.”

Este lenguaje viene impulsado, a su vez, por lo que en “1984” llama Orwell el “pensamiento doble” como característica de la sociedad distópica del futuro, o sea en la que estamos ahora, el cual (el que lo utiliza) se distingue por ser capaz de “sostener al mismo tiempo dos opiniones contradictorias, sabiendo que lo son y creer a la vez en las dos.”

Para entender un eufemismo es condición sine qua non estar en la misma onda que quien lo dice. Así, la retirada de los estados miembros se incluyó en la Constitución Europea ante las críticas de falta de democracia, la cual (la Constitución) no hubo forma luego que fuera ratificada por los estados miembros. De modo que ahora la retirada se ha convertido en una (des)amalgama (des)constitucionalizada con tal (des)organización que para ser (eu)ropea es tan fea que llama la atención.

Si un español nos preguntara cómo van las cosas en Europa con el Brexit y le contestamos “tirando”, entenderá que no van muy bien, pero que de momento aguantan.

Si nos hacen la misma pregunta en inglés podemos decir “sticky”, que quiere decir pringoso, o sea como te pones por comer con las manos algo grasiento, y que se puede emplear figuradamente para decir que un asunto es peliagudo y a la vez, educadamente, quitarle importancia. De manera que si contestamos “sticky” y nuestro interlocutor no ha leído a Shakespeare, pensará que las cosas no van tan mal, aunque después se vaya todo a freír espárragos.
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