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Brexit: carretera de dos direcciones

22 de Noviembre de 2018
En 1971, el mismo año en que la Cámara de los Comunes votó 356-244 a favor de la decisión del gobierno conservador de Edward Heath de entrar en la Comunidad Económica Europea, se estrenó la mítica película norteamericana de carretera “Two lane blacktop”.

Echarse a la carretera era un símbolo de aquella generación en los Estados Unidos y la integración era el símbolo de aquella organización internacional europea hasta que se puso el artículo 50º del Tratado de la Unión Europea. Esta disposición dice que “un estado miembro puede decidir, de conformidad con sus normas constitucionales, retirarse de la Unión” y abre la via de vuelta en la organización, o sea permite su desintegración, la cual (la organización) de este modo se convierte también en una carretera de dos direcciones como la película.

El Brexit es el ejemplo de esa Europa de dos direcciones, o como les gusta decir en la Unión Europea, de “dos velocidades”, de “geometría variable” o de la Europa “a la carta”, siendo todas estas expresiones eufemismos intercambiables para designar un procedimiento por el que la organización se ha convertido, ella misma por extensión, en un eufemismo de la anti integración.

Las “velocidades” se traducen en que los objetivos de la Unión Europea se pueden alcanzar por unos Estados miembros antes y por otros después, y si uno se imaginara esa organización europea como un cuerpo, el resultado de unos miembros dislocándose y yendo a su aire, sería estéticamente bastante feo, la verdad. En esa carretera europea los que quieren adelantar adelantan, mientras que los que se quedan ya les seguirán si pueden o darán marcha atrás y se saldrán. Allá películas.

En la película norteamericana los protagonistas viajan, sin decir apenas esta boca es mía, en un viejo Chevrolet 150 que lleva un motor arreglado muy potente, por la oscuridad de los campos de la república (la frase es del final del Gran Gatsby) y no tienen nombre, son esquemática e impersonalmente “El Conductor” y “ El Mecánico” (en realidad los actores son dos estrellas del rock and roll de aquellos años).

Circulan por la intemporal carretera 66/US (la madre de las carreteras, así llamada) y se proponen recorrer los EEUU de lado a lado, repitiendo algo que ya no era original. Salen de California (es decir van al revés de lo que era la ruta original) y al poco tiempo rivalizan con el conductor de un Pontiac GTO, un farsante que se cree sus propias mentiras, con el que hacen una apuesta a ver quién llega antes a Washington D.C. y el ganador se llevará como premio el coche del otro.

La carretera europea de dos direcciones también está asfaltada (blacktop) o dicho de otra manera, tiene reglamentos, directivas, decisiones y no se cuantas normas más, pero eso no quita para que se puedan echar carreras a toda pastilla más allá de las reglas, en particular por los “free riders”, que como no llevan equipaje y van más rápido que los ciudadanos normales, pueden hacer competiciones de “drag racing” para sacarse unas perras a costa de algún mirlo.

El final de la historia es que no hay final. Los procesos de integración progresiva, como el que se inició con la Comunidad Económica Europea tienen un inconveniente y es que nunca se acaban. Ahora bien, en la película las leyes de la física imponen unas limitaciones y la película, el filme, o sea la cinta de celuloide llega un momento que se quema delante del espectador, el cual, atónito, no acierta a interpretar lo que pasa, hasta que al cabo de un rato, no tiene mas remedio que levantarse de la butaca e irse porque es que la película se ha acabado.
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