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Un camino hacia el talento en la empresa

07 de Septiembre de 2018
Carlos de Benito, director de Recursos Humanos de CESCE
Hace poco tiempo celebramos en CESCE una jornada de trabajo con un grupo de jóvenes con síndrome de Down que están empleados en diferentes empresas. Se trataba de una iniciativa en colaboración con la Fundación Prodis, dentro del Programa de Responsabilidad Social de la Compañía.

A lo largo de la jornada, los empleados de CESCE participamos en talleres de creatividad de la mano de estos jóvenes profesionales y pudimos experimentar como estos trabajadores, -personas con capacidades diversas, como ellos mismos se presentaron-, eran una fuente de aprendizaje y de alegría para todo el equipo.

La huella emocional que dejaron en la plantilla aún perdura. Para muchos empleados de CESCE fue sin duda un descubrimiento, una doble toma de conciencia ante, por una parte, al constatar que la vida profesional puede ir mucho más allá de las fronteras de la cotidianeidad habitual y por otra parte, ante la evidencia de lo mucho que se puede aprender de personas con discapacidad.

Al hilo de aquella experiencia surgen estas reflexiones, precisamente sobre la evaluación de la capacidad de las personas– pensando en el limitado alcance que con frecuencia tienen nuestros juicios de valor acerca del talento empresarial- y sobre el papel que hemos de jugar los responsables de las direcciones de recursos humanos en la cuestión.

El talento, según el diccionario de la RAE, se refiere a la inteligencia. Viene a decirnos el diccionario que una persona con talento es una persona inteligente – de la etimología latina “Intus legere”: quien sabe profundizar, leer dentro, elegir acertadamente-. En el ámbito de la empresa el concepto de talento ha sido desarrollado con mayor extensión y profundidad.

Así, Blasco y Prieto lo definen como una cualidad inherente a las personas, evaluable, que permite destacar con comportamientos altamente eficaces y con elasticidad suficiente para adaptarse a las exigencias cambiantes del entorno. Es decir, que no basta sólo con poseer inteligencia y capacidad de comprensión, hace falta algo más: elasticidad y capacidad de adaptación, lo que viene a asegurar la eficacia de la inteligencia en un contexto determinado.

Manuel Pimentel nos dice que el talento implica la gestión de una suma de capacidades y actitudes, innatas o adquiridas, que permiten desarrollar con especial destreza, habilidad o acierto algunas de las posibles facultades humanas, interaccionando con su entorno. En el mundo de la empresa, las capacidades son frecuentemente conocidas como “competencias”.

Este concepto de talento, entendido como “conjunto de diversas capacidades o competencias humanas en acción”, enlaza, por una parte, con el modelo de inteligencias múltiples de Gardner, quien nos recuerda que la inteligencia no es una, que existen diversas inteligencias a considerar, las cuales dependen, a su vez, de lo que la cultura social valora en cada momento, pues incluso la genialidad es hija de su tiempo.  A su vez, las ideas de “acción, gestión e interacción con el entorno” nos reafirman en que el talento requiere de eficacia y visibilidad manifestada en un contexto determinado.

Así, conectando la definición de Pimentel con el modelo de inteligencias múltiples de Gardner, llegamos a las inteligencias emocional, social y relacional. La inteligencia emocional, estudiada especialmente por Goleman, cuenta con cinco ingredientes: autoconocimiento, autorregulación, motivación, empatía y habilidades sociales.

En conclusión, el talento podría ser resumido como “combinación de inteligencias en acto”.  El talento no es todo capacidad intelectual, pues requiere de “compromiso personal, implicación, pasión, motivación de logro, autonomía, perseverancia y maestría en la actividad en un entorno social determinado” (Greenspan y Solomon 2004).

Por lo expuesto, suelen distinguirse dos componentes básicos en el talento: el personal y el social, relacionados respectivamente con la psicología diferencial y con la psicología social, con la genética y con el ambiente. En una “persona con talento” debe darse una combinación de ambos componentes, necesariamente en diferentes medidas.

La empresa debe gestionar el talento de las personas que la integran con visión global de conjunto. La suma de los talentos individuales no es igual al talento organizacional. La empresa debe crear el entorno idóneo y las condiciones precisas para desarrollar el talento, tanto a nivel individual como colectivo, para facilitar que las distintas aportaciones, complementarias y coordinadas, de un equipo humano puedan integrarse armónicamente para conseguir los objetivos empresariales.

El “talento organizacional” implica así la creación y gestión de un modelo de gestión capaz de atraer, seleccionar, desarrollar y comprometer diversos talentos individuales que conforman un talento colectivo, de equipo, asegurando su conservación y desarrollo para asegurar la sostenibilidad de la empresa misma, es decir, de la utilidad y del servicio que aporta a la sociedad, incluso aunque puntualmente cambien las personas.

Volvemos aquí a la reflexión con la que comenzamos estas notas: el limitado alcance que con frecuencia tienen nuestros juicios de valor acerca del talento, pues ninguno somos inmunes a estereotipos y prejuicios. Hemos de tomar conciencia de que las personas con alguna discapacidad cuentan sin duda alguna con capacidades excepcionales en otro ámbito. Como hemos visto, el talento está vinculado a la inteligencia emocional, a  la convivencia de la inteligencia en su acepción clásica con las emociones.

Las personas con discapacidades intelectuales suelen sr una fuente extraordinaria de emociones, sin perjuicio de que además puedan manifestar pericia profesional y perseverancia, perfección y motivación muy por encima de la media. La conjunción de capacidades distintas aporta a la empresa creatividad, pensamiento lateral, trabajo en equipo, lecciones cotidianas de respeto y convivencia, que repercuten en el compromiso colectivo y en el clima social, ayudando a la perfección del conjunto.

Los responsables de recursos humanos tenemos una gran labor que hacer para que la diversidad sea reconocida en su valor. Las cosas importantes de la vida han de ser descubiertas por uno mismo y los gestores empresariales debemos facilitar al máximo ese gozoso descubrimiento. Hemos de procurar promover un cambio cualitativo en la concepción de las personas y sus relaciones empresariales, hemos de procurar romper el “taylorismo intelectual” que se conserva en los estereotipos ocultos.

Un buen lema puede ser “romper barreras y quitar miedos”. Estaremos así ayudando a que la empresa cumpla mejor sus fines –pues las empresas que reconocen y respetan la diversidad en su seno, son las que mejor reconocen, respetan y sirven a sus clientes-  y estaremos ayudando a que podamos ser más felices en el trabajo. Hay que recordar que todo ejercicio de talento conlleva un disfrute y el talento organizacional es un seguro de felicidad y  éxito compartidos.
 
"Las empresas que reconocen y respetan la diversidad en su seno, son las que mejor reconocen, respetan y sirven a sus clientes"

Todo lo expuesto requiere la existencia de un liderazgo ético. La gestión de la diversidad tiene mucho que ver con el ejercicio de la ética empresarial, como también desarrollara excelentemente el profesor Robert Solomon.

Las empresas podemos hacer mucho para mejorar o por empeorar la sociedad en la que vivimos. Gestionar la diferencia de capacidades e integrarlas no solo beneficia a la empresa que lo practica, sino que tiene un impacto de gran alcance sobre la sociedad en su conjunto. La Responsabilidad Social empieza por uno mismo, en la propia casa.

Las empresas, independientemente de nuestras partidas presupuestarias de RSC, podemos prestar un servicio de incalculable valor a la sociedad de la que vienen nuestros empleados y hacia la que se dirigen nuestros productos y servicios. La integración de personas con capacidades diversas en la normalidad del trabajo ensancha el corazón de la empresa. El camino hacia la genialidad está trazado con las líneas de la inteligencia y empedrado con baldosas de emoción.
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