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EEUU: una de cal y otra de arena

07 de Septiembre de 2018
En el último mes del año pasado las importaciones estadounidenses crecieron un 1,5%.

La economía está en plena expansión, con un fuerte crecimiento del empleo y con una inflación que finalmente se empieza a aproximar al objetivo del banco central.

Elena Nieto, gerente de Estudios Económicos de CEMEX
Se dice que cuando EEUU estornuda, el mundo entero se resfría. Una frase que pone de manifiesto su importancia para la economía global. En un mundo crecientemente interconectado, cualquier perturbación en una economía del tamaño y la relevancia de Estados Unidos afecta al resto de países. La buena noticia para el crecimiento mundial es que EE. UU. parece gozar de bastante buena salud, al menos por el momento.

La economía está en plena expansión, con un fuerte crecimiento del empleo y con una inflación que finalmente se empieza a aproximar al objetivo del banco central. Los últimos indicadores apuntan a cierta moderación del crecimiento del consumo privado y de la inversión empresarial en el primer trimestre del año, pero esto es algo que comienza a ser habitual todos los principios de año y que no empaña las buenas perspectivas para los próximos trimestres.

Los fundamentos se mantienen sólidos. El dinamismo del mercado laboral está impulsando la renta de las familias y la confianza de los consumidores. El entorno internacional más favorable, con un crecimiento mundial más firme y sincronizado, se traduce en una mayor demanda de exportaciones de EE. UU., así como en mayores beneficios para las multinacionales estadounidenses.
 
“Según los analistas, la economía estadounidense crecerá un 2,8% del PIB en 2018 y un 2,6% en 2019"

Además, pese al gradual incremento de los tipos de interés oficiales y la muy paulatina retirada de los estímulos monetarios, las condiciones financieras siguen siendo acomodaticias. Las valoraciones bursátiles siguen en niveles históricamente elevados y los diferenciales de los tipos corporativos se mantienen en niveles reducidos.

A todo esto hay que sumar el impulso sobre el crecimiento de una política fiscal más expansiva como consecuencia, primero, de una rebaja impositiva cuantificada en 1,5 billones de dólares en los próximos 10 años y, segundo, del acuerdo para aumentar el gasto discrecional en 300.000 millones de dólares en dos años.

En este contexto, analistas y responsables de política económica coinciden en prever que la economía estadounidense crecerá en los próximos dos años por encima de su potencial. Las previsiones del consenso de analistas sitúan el crecimiento del PIB en 2,8% en 2018 y 2,6% en 2019, y la mediana de proyecciones de los miembros de la Fed, recientemente publicadas, en 2,7% y 2,4% en el cuarto trimestre de esos años.

El escenario que se configura es un escenario muy benigno, de elevado crecimiento y presiones inflacionistas muy moderadas, en el que el banco central puede seguir normalizando la política monetaria de manera muy gradual (tres subidas de tipos en 2018 y otras tres en 2019) sin generar disrupciones en los mercados

¿Está este escenario exento de riesgos? Evidentemente, no, aunque los posibles riesgos parecen controlados. En primer lugar, existe el riesgo de un posible sobrecalentamiento de la economía como consecuencia de una política fiscal demasiado expansiva. Los indicadores del mercado laboral sugieren que la economía se encuentra ya en una fase avanzada del ciclo.

La todavía relativamente baja tasa de participación podría proporcionar cierto margen para crecer sin tensiones, pero no está claro hasta qué punto la recuperación cíclica puede aumentar la participación, porque parte de la bajada previa parece que obedece a razones estructurales (demografía, preferencias, polarización del mercado laboral, etc.).

La expansión fiscal ha recibido críticas por considerarse innecesaria en el momento cíclico actual. No tanto la parte derivada de la rebaja impositiva, más estructural y que, en el caso de las empresas, viene a corregir una situación anómala de tipos corporativos excesivamente altos, comparados con los del resto de países. Las críticas se han centrado fundamentalmente en el aumento del gasto discrecional, fruto de la negociación entre los dos grandes partidos con vistas a las elecciones de noviembre.

Así, nos vamos a encontrar con una situación inaudita en EE. UU.: un déficit público por encima del 5% en 2019, en un momento en que la economía estará creciendo por encima de su potencial y con un nivel de deuda pública ya elevado. En un escenario de sobrecalentamiento de la economía, la Fed podría verse forzada a responder con subidas más agresivas de tipos, lo que podría precipitar un ajuste brusco de los mercados o una fuerte restricción de la demanda.
 
“La de arena es la amenaza proteccionista, que puede desestabilizar la economía mundial"

Pero incluso si la Fed no se ve obligada a realizar subidas agresivas de tipos, el proceso de normalización monetaria también tiene sus riesgos, sobre todo cuando otros bancos centrales (como el Banco Central Europeo) empiecen a unirse al proceso de normalización. En todo caso, la Reserva Federal no parece muy preocupada por este punto, toda vez que percibe que el proceso está ya encauzado y que las posibles vulnerabilidades financieras en EE. UU. están acotadas a determinados activos (precios de las acciones, precios de los bienes raíces en algunos mercados).

Su preocupación parece centrarse más en el margen que van a tener para estimular la economía en la próxima recesión, en un entorno de tipos de interés reales de equilibrio estructuralmente más bajos.

Por último, hay que mencionar el riesgo asociado a un mayor proteccionismo. Las últimas medidas anunciadas por EE. UU. (aranceles sobre acero y aluminio y aranceles sobre productos importados de China por valor de 60.000 millones de dólares) confirman que su principal objetivo es China, país que consideran que no está jugando limpio en el ámbito del comercio internacional (propiedad intelectual y otros).

No sabemos hasta dónde quiere realmente llegar la Administración estadounidense en términos de proteccionismo, o si se trata simplemente de una amenaza para negociar. Pero esperemos que realmente no crean que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”, como declaró el presidente, y que tengan claro que el comercio mundial no es un juego de suma cero.

Un aumento generalizado del proteccionismo (la escalada de represalias sería inevitable) resultaría en un empobrecimiento general. Parece más oportuno centrarse en mitigar los efectos colaterales negativos de la apertura comercial y la globalización (daño a sectores concretos). No obstante, el riesgo de que se intensifique la retórica proteccionista en los próximos meses es alto, dada la cercanía de las elecciones al Congreso y al Senado.

En definitiva, desde EE. UU. nos llega una de cal y otra de arena. La de cal son las buenas perspectivas económicas en los próximos años y las expectativas de que la normalización monetaria seguirá de forma gradual y sin sobresaltos. La de arena, la amenaza proteccionista, que puede desestabilizar la economía mundial. No olvidemos que EE. UU. es el consumidor de última instancia.

Para más información consulte el tercer número de la revista Empresario.

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