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Tras la tempestad, ¿viene la calma?

07 de Septiembre de 2018
Marcos Basante, presidente de ASTIC
Volvemos a la normalidad en las carreteras españolas tras el paso del último temporal que ha teñido de blanco las principales vías del norte peninsular y la calma llega no solo en el ámbito meteorológico, sino también al económico, social y en el ánimo de todos aquellos que formamos el sector del transporte por carretera que, en gran medida, nos hemos visto afectados.

Conviene recordar que las carreteras catalanas, unas de las más afectadas por la nieve la semana pasada, sostienen un importantísimo flujo de transporte de mercancías y pasajeros entre España y el resto de Europa, baste recordar aquí los más de 11.000 camiones que atraviesan a diario, de media, el paso fronterizo de la Junquera.

No quiero caer en el error de señalar quién tuvo la culpa del cierre total a la circulación de vehículos pesados durante más de 24 horas, o valorar si fue acertado o no, pero mi conocimiento sobre el sector del transporte internacional por carretera hace que deje constancia que lo que nosotros vivimos como situaciones excepcionales de mal tiempo son una constante en muchas regiones de Europa.

Aunque la incidencia de temporales en la península es muy puntual, cada ola de frío, hielo y nieve tiene la capacidad de poner en jaque el transporte de personas y mercancías español, reflejando un problema de fondo ante la falta de preparación, previsión, organización o coordinación por parte de las administraciones. No se trata ya del tropiezo doble en la famosa misma piedra sino, más bien, en una aparente falta de capacidad para aprender de la experiencia.

En mi opinión, estas situaciones deberían convertirse en una oportunidad de evaluación sobre las acciones desarrolladas y así establecer puntos de mejora para evitar situaciones ‘inéditas’, como las vividas a lo largo de estas dos últimas semanas, tras la decisión de suspender totalmente el tráfico pesado en Cataluña.

El transporte por carretera, aunque muchas veces no se quiera reconocer – a pesar de que por este modo se exporta aproximadamente el 80% de las mercancías hacia Europa-, es estratégico para la economía en su conjunto, ya que vertebra al resto de los sectores productivos gracias al trabajo de sus conductores y de los equipos humanos que les respaldan. Sin ellos nadie lograría hacer llegar los productos al consumidor final, en tiempo récord y de forma precisa y económica.

Llegados a este punto, estaremos todos de acuerdo en que suspender preventivamente el tráfico de camiones de más de 7,5 toneladas durante más de 24 horas fue una medida, al menos, poco flexible si atendemos a la realidad climatológica que se estaba viviendo.

Aunque he dicho que no voy a cuestionar qué llevó a las autoridades competentes a tomar tal decisión, si me gustaría hacer llegar una reflexión de lo que estas decisiones han implicado, no sólo para el sector, sino para la economía nacional y europea, con pérdidas estimadas en decenas de millones de euros.

No obstante, me gustaría conocer por qué se prohibió totalmente la circulación en Cataluña, mientras a pocos kilómetros, en Aragón, Navarra, País Vasco o sudeste de Francia, se mantuvo con mayor o menor normalidad. Otra “grata” consecuencia más de la fragmentación territorial de las administraciones públicas y su poca capacidad de coordinación.

No me es ajeno que una administración, independientemente de su ámbito de acción, cuando elabora planes de contingencia como el plan Neucat catalán contra el temporal, su principal preocupación es la seguridad de las personas -como es lógico-, pero eso no debería ser sinónimo de tener la facultad de apretar el ‘botón rojo’ y desentenderse de las consecuencias sobre personas y mercancías que tuvo, como si el trabajo acabara con la prevención.

La aplicación tajante del plan catalán nos ha enseñado que, si bien el papel “aguanta” todo, lo que debería prevalecer, es el sentido común, la coordinación entre todos los agentes implicados porque, permitidme el apunte, el papel no tiene que responder ante las pérdidas millonarias que supuso la paralización del transporte por carretera; el papel no tiene que responder ante la clara falta de infraestructuras adecuadas, algo que ha quedado más que patente y sobre todo, el papel no tiene que responder ante los más de 6.000 profesionales que quedaron desprovistos y desatendidos a orillas de las carreteras durante más de 24 horas sin que nadie se preguntase por sus circunstancias o por si necesitaban algo.

Más allá de las cuantiosas pérdidas económicas, de lo que estamos hablando es de los miles de personas que, sin poder hacer nada para remediarlo, quedaron “preventivamente” detenidas y largamente desatendidas a lo largo y ancho de la comunidad. Muy a mi pesar, he de reconocer que este temporal ha puesto de manifiesto, una vez más, el desconocimiento de las necesidades de los profesionales del sector.

Con esto, no quiero decir que no haya que tomar medidas preventivas, nada más lejos de mi intención, pero si me gustaría subrayar que, de tomarse, deberían gozar de la necesaria flexibilidad (las previsiones meteorológicas no son cien por cien exactas) y deberíamos tener la seguridad de contar con las infraestructuras suficientes y adecuadas para que los transportistas puedan estar de manera segura cerca de sus autocares, sus camiones y sus cargas.

En nuestra mano está mejorar la gestión aunando esfuerzos y recursos, colaborando entre los distintos agentes implicados y entendiendo que, cuando se interrumpe el tráfico de mercancías, no solo se paralizan las cargas, también lo hacen las personas que las conducen.
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