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¿Cómo puede adaptarse la gestión empresarial a los nuevos tiempos?

30 de Noviembre de 2018
La agilidad es un concepto cada vez más extendido a nivel organizativo que se apoya en la configuración de equipos autogestionados de pequeño tamaño que asumen el control del desarrollo del producto de principio a fin y otras tareas.

La agilidad es un concepto cada vez más extendido a nivel organizativo que se apoya en la configuración de equipos autogestionados de pequeño tamaño que asumen el control del desarrollo del producto de principio a fin y otras tareas.

Las empresas están revolucionando la forma de trabajar de sus empleados. Ahora necesitan cambiar la manera de gestionar de sus directivos. Tarde o temprano todas las revoluciones tecnológicas dan lugar a una revolución organizativa en las empresas.

Para liberar el potencial de las nuevas tecnologías disruptivas, las compañías necesitan también nuevas formas de trabajar, según un informe publicado por la consultora BCG que destaca la necesidad de un nuevo enfoque para la gestión empresarial más acorde a los actuales tiempos de cambio organizacional.

Empresas de todos los sectores están hoy inmersas en la adaptación a las nuevas tecnologías digitales y a la analítica avanzada de datos para obtener nuevos recursos de valor económico y lograr mejoras funcionales centradas en los clientes, la productividad, la flexibilidad y la rapidez. En paralelo a esta transformación digital se están produciendo también cambios a nivel organizacional.

Por ejemplo, la agilidad es un concepto cada vez más extendido a nivel organizativo que se apoya en la configuración de equipos autogestionados de pequeño tamaño que asumen el control del desarrollo del producto de principio a fin y otras tareas. La idea también supone ciclos rápidos de actividad y un enfoque de prueba y repetición para la ejecución del trabajo.

Según señala el mencionado informe, el concepto de agilidad se aplicó en un principio en la industria del software, pero cuando las aplicaciones informáticas y digitales comenzaron a tener un papel crucial en una amplia variedad de sectores dicho enfoque ha ido incorporándose a un creciente número de actividades más allá del desarrollo de software, incluyendo funciones típicas de la gestión empresarial, como el marketing, el servicio al cliente y otras áreas operativas tradicionales.

La agilidad es el ejemplo más reciente de innovaciones organizacionales que destacan la importancia de los equipos autónomos autogestionados. Otros enfoques han ido apareciendo también en los últimos años, como "lean management" o gestión ajustada, holocracia, organización policrática y organización exponencial, entre otros.

Sin embargo, en esta revolución organizativa las empresas carecen de un modelo para transformar también la gestión directiva. Algunas empresas que han aplicado con éxito el concepto de agilidad ven la dirección como algo irrelevante y obsoleto.

En consecuencia, la pregunta que surge es por qué los directivos se muestran reacios a aplicarlo a su función. Tal vez se deba a que lo consideran una amenaza para su estatus de poder y control en un entorno cada vez más dominado por equipos autónomos y autogestionados, puesto que muchos aspectos de la gestión empresarial tradicional ya no son necesarios.

Por lo tanto, la cuestión es qué deben hacer los directivos para crear valor en este nuevo entorno de cambio y superar un concepto de gestión que se presenta ya caduco ante las nuevas formas de trabajar.

El desafío que implica la revolución organizativa que representan el concepto de agilidad y otros nuevos enfoques no es que de algún modo conviertan en obsoleta e irrelevante la idea de dirección empresarial, sino que le confieren una importancia aún mayor que antes si cabe, redefiniendo lo que los directivos deben hacer y cómo necesitan operar en este contexto. En algunos casos, esto supone también replantear hasta qué punto es necesaria la dirección de gestión.

Desarrollar un nuevo modelo de gestión empresarial exigirá un cambio en la manera en que los directivos conciben su propia función. Necesitan dejar de pensar en sí mismos como diseñadores exclusivos de la estructura organizativa, de los procesos, las normas y los procedimientos. En su lugar, necesitan convertirse en conductores de un sistema que se comporta de forma flexible y dinámica, en el que se facilita a los empleados autonomía e iniciativa y fomenta una cooperación más efectiva para alcanzar las metas de la organización.
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