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Un inaudito superávit externo

05 de Diciembre de 2017
  • Raymond Torres
Agosto se convierte en el segundo mes consecutivo de descenso del saldo de los depósitos.

Agosto se convierte en el segundo mes consecutivo de descenso del saldo de los depósitos.

Raymond Torres, director invitado de previsión y coyuntura de Funcas y consejero especial del director general de la OIT para políticas de empleo y el futuro del trabajo.
Por cuarto año consecutivo, la economía española logrará crecer en 2017 al mismo tiempo que reduce sus desequilibrios externos. Este resultado no se había producido en ninguna de las anteriores fases de recuperación para las cuales existen datos.

Tradicionalmente, las importaciones se disparaban a medida que se afianzaba el crecimiento. Las empresas extranjeras aprovechaban el tirón de la demanda para ganar cuota de mercado. Las exportaciones, incluso teniendo en cuenta los ingresos por turismo crecían, pero a un ritmo insuficiente para hacer frente a la factura de las importaciones. Todo ello desembocaba en un déficit externo, antesala de una nueva crisis. En el pico coyuntural del 2007, los ingresos por la venta de bienes y servicios en el extranjero apenas cubrían el 70% de las compras en el extranjero, el resto se financiaba sobre todo por endeudamiento. Una situación insostenible.

Ciertamente, el ciclo de déficits y el endeudamiento tenía un coste elevado en pago de intereses y otras rentas de inversión. En 2008, esos pagos excedieron el 3% del PIB, lo que supuso un récord de la serie histórica.

La singular situación actual se explica primero de todo, por el moderado crecimiento de las importaciones. Parece que las empresas extranjeras apenas ganan posiciones en el mercado español. Las importaciones de bienes y servicios que escasean internamente sí parecen repuntar (petróleo, gas y otras materias primas, servicios especializados). También crecen los intercambios entre empresas que comparten la misma cadena productiva. Con todo, las importaciones aumentan solo ligeramente por encima de la demanda nacional – en ciclos anteriores lo hacían más del doble y todo ello pese al encarecimiento del petróleo.

Por otra parte, el auge exportador se extiende a nuevos sectores. Los servicios profesionales, el material ferroviario, la maquinaria y el material de equipo, por ejemplo, se venden bien en el exterior. Muchas pequeñas y medianas empresas se han lanzado a exportar y ese esfuerzo parece mantenerse pese a las mejores perspectivas del mercado nacional.

Además, hoy por hoy, el superávit externo es compatible con un aumento del esfuerzo inversor, financiado con ahorro interno. Al revés de lo que ocurre en Alemania, donde el exceso de ahorro comprime las importaciones y eleva los excedentes externos, mientras que la inversión se muestra débil.

La compra de bienes de equipo y de activos intangibles ha crecido notablemente, financiada internamente. Las empresas se muestran especialmente ahorradoras, y sus excedentes alcanzan máximos históricos. Los hogares también ahorran, aunque cada vez menos por la fiebre de consumo que parece haberse apoderado de amplios sectores de la sociedad.

Por ultimo, gracias a la reducción de los tipos de interés, el coste de la deuda externa ha caído de manera espectacular. España paga cerca de 50,000 millones de euros en intereses, dividendos y otras rentas de inversión, casi la mitad que en 2007. Por otra parte, las inversiones españolas en el exterior generan 44,000 millones de euros, sin grandes cambios. La consecuencia es que el déficit de las rentas de inversión (diferencia entre intereses y dividendos recibidos y pagados) se ha contraído un 80%. Es probable que buena parte de este superávit desapareciese en un entorno de tipos de interés normales.

No obstante, la deuda externa se mantiene en niveles elevados, en torno al 160% del PIB. Su peso se aliviaría si la inversión impulsara la productividad, anémica a día de hoy, y desembocara en un nuevo modelo productivo. También ayudaría que las empresas se animaran a invertir sus excedentes.

Entre tanto y para prevenir la aparición de desequilibrios externos, conviene generar más ahorro público. Las administraciones son el único sector que tiene un balance negativo. Este déficit ya no es necesario para apoyar el crecimiento, que ahora se sustenta en factores estructurales. De esta manera una política fiscal menos expansiva alejaría el espectro de la crisis externa.

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