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La atomización empresarial

17 de Noviembre de 2017
  • Marcos Basante
Estos camiones

Estos camiones "inteligentes" serían capaces de acelerar y frenar manteniendo la distancia de seguridad por sí mismos.

Marcos Basante, presidente de ASTIC
Al tocar este tema podría parecer que hablamos de la lucha bíblica entre David y Goliat, pero esta vez, las apariencias engañan y el que hiciera las veces de gigante se ve ahora asediado, minimizado e infravalorado por un David que no está solo. Esta analogía sirve para ilustrar la realidad que vive nuestra economía en general y el sector del transporte en concreto, donde se ha normalizado, extendido y permitido un modelo empresarial basado en la utilización, supuestamente en beneficio mutuo, de una infinidad de mini y micro empresas y autónomos que trabajan bajo las directrices de unos pocos “players” globalizados.

Como hoy día todo tiene que llevar su etiqueta, se ha elegido una muy atractiva, la llamada “economía colaborativa” que, además, juega con la ventaja de “estar a la moda”, no como la etiqueta de empresario o empresa, sobre las que gira un resquemor ancestral.

En este nuevo sistema, nadie pronuncia esas palabras. Ya solo se habla de “emprendedores” o “startups” que envueltas en el glamour de las nuevas tecnologías y lo “colaborativo”, esconden modelos de negocio muy viejos: “si hay negocio, nos repartimos contigo el beneficio; si no lo hay, las pérdidas son todas tuyas, querido emprendedor”. Para que este sistema pueda funcionar es necesario la existencia de verdaderos ejércitos de micro compañías, generalmente formadas por una sola persona.

Un ejemplo de esto lo encontramos en la proliferación de repartidores autónomos en su propio vehículo, que a veces es una simple bicicleta. “Emprendedores” que aportan cotizaciones mínimas a la Seguridad Social y soportan unas condiciones laborales más que discutibles. Bajo este paraguas de la nueva economía 4.0 y al calor de la crisis económica, se ha fomentado este tipo de autoempleo donde trabajadores que antes eran asalariados, ahora tratan de obtener unos ingresos de manera autónoma.

Siguiendo esta línea y salvando las diferencias, la excesiva fragmentación en el sector del transporte por carretera español también es una realidad palpable. Atendiendo a las cifras, nuestro sector lo copan en un 90% de empresas con menos de ocho vehículos y casi el 60% solo tiene uno. Para hacernos una idea de la magnitud del fenómeno, solo hace falta observar mercados mayores que el nuestro como el alemán, sin ir más lejos, que cuenta con la mitad de empresas de transporte por carretera que España, siendo su PIB casi tres veces mayor que el nuestro y doblándonos en población.

Este fenómeno de atomización del tejido empresarial ha venido propiciado, cuando no alentado, por la normativa que emanaba de gobiernos de cualquier signo: unas medidas fiscales y burocráticas que han sobreprotegido “lo pequeño” y desalentando el crecimiento de las empresas, dejando de lado el impacto que pudiera tener en términos de generación de empleo, aportación a las arcas públicas, competitividad, eficiencia, ecología e innovación.

Existen enormes diferencias entre la carga fiscal, social y de responsabilidad (corporativa e incluso penal) que tiene que asumir una empresa convencional con trabajadores asalariados, frente a la que deben afrontar los “agrupadores” de micro empresas, aún operando en el mismo mercado. Se compite por la misma clientela, pero con diferentes reglas.

Es imprescindible una sensibilización de la sociedad en general y de las Administraciones públicas en particular para que se valore el papel de los empresarios que fundan, dirigen y expanden sus compañías y, en definitiva, juegan un papel decisivo como eje de la economía y fuentes de empleo de calidad.

En este sentido, cabe destacar que, en nuestro país, solo las 150 mayores empresas de transporte por carretera cuentan con el 15% del volumen de mercado y más del 30% del empleo asalariado y de sus correspondientes cotizaciones sociales. De seguir esta senda, marcada por la atomización y fiscalización discriminatoria al empresario, el sector, a buen seguro, se verá abocado a reducir su aportación al empleo y a la financiación a las arcas públicas.

Los representantes de estas empresas de tamaño medio y grande, llevamos largo tiempo denunciando el preocupante avance de la subcontratación de servicios en condiciones precarias que dañan nuestra economía y lastran su progreso tecnológico, su capacidad de innovación y de disminución del impacto ambiental. Algún tímido paso se ha dado, no podemos dejar en el olvido medidas como la modificación de los topes máximos de facturación para gozar del sistema de cotización por módulos que entrará finalmente en vigor en enero de 2018.

Sin embargo, otras medidas nos hacen dudar de si verdaderamente hay voluntad de afrontar el problema, por muy impopular que pueda resultar a primera vista. Por ejemplo, en la Ley de Reformas Urgentes del Trabajo Autónomo publicada en el BOE del 25 de octubre, se conceden ventajas administrativas, reducciones y bonificaciones exclusivamente a los empresarios autónomos, olvidando de nuevo que competirán con los asalariados de las empresas que ya están en el mercado.

Ello puede alentar aún más la tendencia a la fragmentación empresarial en sectores, como el del transporte por carretera, ya de por sí muy atomizados.

Otro ejemplo lo encontramos en la prórroga solicitada al Ministerio de Hacienda por los autónomos, al mantener un año más el régimen transitorio. Esta decisión supondría que un número mayor de trabajadores por cuenta propia siga tributando por módulos, lo que implica asumir menos obligaciones formales que el método de estimación directa.

No podemos seguir sin un rumbo claro. Necesitamos un cambio para las políticas económicas en general y para el sector del transporte por carretera en concreto, apostando por un modelo empresarial consistente, eficaz y eficiente en el que todos jueguen con las mismas reglas a la hora de competir y se favorezca el crecimiento corporativo de forma que la pequeña dimensión de las compañías no sea una rémora a la hora de afrontar los retos económicos, sociales, tecnológicos y medioambientales del mundo moderno.
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