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Proteccionismo a golpe de Twitter

21 de Febrero de 2017
  • Almudena Semur
La falta de detalles sobre agenda del presidente electo de Estados Unidos está generando una gran incertidumbre en todo el mundo, junto a sus continuas muestras de apoyo a Rusia. 

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Almudena Semur es gerente del Instituto de Estudios Económicos (IEE).
Afrontamos tiempos difíciles en los que proliferan sentimientos nacionalistas y xenófobos tanto en la vieja Europa como en el resto del mundo. Son tiempos en los que la virtud no avanza al mismo ritmo que el progreso y en los que los equilibrios conseguidos con gran esfuerzo durante los últimos 35 años van resquebrajándose.

Quién diría que, inmersos como estamos en la Cuarta Revolución Industrial, nos encontraríamos  al abrigo de  peligrosos populismos que propugnan cambios en los patrones del comercio mundial. Se culpa de este auge a los perdedores de la globalización. Y en efecto,  la crisis económica ha dejado su huella.

La globalización unida al avance tecnológico, ha traído perdedores, sobre todo en aquellos países que no han aceptado incorporarse a los flujos del comercio y de la inversión globales. Estos perdedores los podemos encontrar en aquellos trabajadores poco cualificados de los países ricos que no han podido adaptarse a la tecnología actual y que, tristemente, han perdido sus empleos por la entrada de productos de países con salarios más bajos.

Pero no está claro hasta qué punto este auge viene determinado por una reacción radical de ciertas dinámicas, o es que estamos inmersos en unos tiempos en los que decisiones son tomadas por determinados gobernantes en función de un bien particular aprovechándose de una población excesivamente acuciada por el resentimiento, cuya causa ignora, lo que le hace convertirse en el peor de los monstruos para la libertad.

Varias son las manifestaciones de estos nuevos tiempos y se pueden ver por un lado, en los resultados del referéndum británico, donde los efectos de la victoria del Brexit, por ahora, no se han dejado notar  más allá de la depreciación de la libra esterlina, pero su impacto está por llegar ante el descenso de los flujos comerciales que puede representar. Y, por el otro, el resultado las elecciones norteamericanas, que indudablemente, añaden nuevos interrogantes en el escenario mundial.

Todavía es pronto para saber si Trump cumplirá con todo lo prometido en campaña,  pero de lo que no cabe duda, dejando a un lado los atropellos de su gruesa retórica a golpe de Twitter, es que una ruptura de los acuerdos comerciales y el establecimiento de barreras proteccionistas con el fin de proteger a los trabajadores norteamericanos, acarreará represalias de los países afectados con el consiguiente descenso de los flujos comerciales, haciendo desaparecer el impulso que ejerce el libre comercio sobre el crecimiento a largo plazo a través de la eficiencia económica.

Más de uno pensará que puede resultar legítimo que una economía domestica mire por su propio interés, pero eso no se justifica cuando la decisión es tomada por el Estado, que, al fin y al cabo, es quien debe velar por la salud de la economía en su conjunto y evitar intervenir en la asignación de recursos.

Todos perdemos con el proteccionismo. Al principio puede dar una  falsa seguridad pero siempre lleva a aumentos de los precios, a la reducción de los salarios y a mayores dificultades para los más vulnerables. Y es que a los trabajadores a los que pretende beneficiar perderán como consumidores por el aumento inmediato de costes que supone el establecimiento de barraras proteccionistas.

Esta pérdida se podría compensar con la supuesta recuperación de puestos de trabajo al retornar las actividades industriales a suelo norteamericano; puestos de trabajo que, por otra parte, serían contrarrestados por la pérdida de otros en muchos sectores exportadores.

La respuesta a las ficciones generadas por la globalización no hay que buscarla en  el proteccionismo, que no mejorará la situación de los perjudicados, sino que hay que encontrarla en las políticas de educación y formación con el fin de adaptarse a las exigencias de los nuevos empleos que marca la “Cuarta Revolución Industrial” en la que estamos inmersos.

En definitiva, y recordando a Friedman: “Es fácil ver como el Estado entra en el juego de los  proteccionismo por motivos distintos a los económicos ya que detrás de estas decisiones hay votos, intereses particulares localizados, y situaciones de beneficio consolidadas que son difíciles de erradicar una vez que se han puesto en marcha”.
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