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Cuando Valonia puso contra las cuerdas al libre comercio de la Unión Europea

12 de Diciembre de 2016
Con la maquinaria económica europea anquilosada ocho años después del inicio de la crisis, todo estaba preparado para que la Comisión Europea (CE) firmase a finales de 2016 el tratado de libre comercio CETA con Canadá, llamado a generar 20.000 millones de euros de intercambios transatlánticos. Pero la región belga de Valonia se convirtió a última hora en una inesperada piedra en el zapato para la política comercial de 508 millones de europeos y 35 millones de canadienses.

Los valones bloquearon, diez días antes de la firma, el pacto más ambicioso de la historia europea, según lo define la Comisión, concebido para fomentar el empleo y el crecimiento económico a través de la reducción de aranceles, la apertura de mercados y la estandarización normativa eurocanadiense.

La mitad sur y francófona de Bélgica, un territorio con 3,5 millones de habitantes con el Partido Socialista al frente del gobierno regional, llevaba más de un año lanzando oscuras señales de humo. A los valones no les gustaba la opacidad con la que se negoció el acuerdo y, sobre todo, desconfiaban de los tribunales privados de arbitraje previstos para resolver litigios entre inversores y Estados, pues suponía sustraer la Justicia de las cortes públicas.

Pero la Comisión que lidera el conservador Jean-Claude Juncker consideraba que la discordia se resolvería con buenos gestos por parte del Ejecutivo comunitario, como haber enviado a los responsables del acuerdo a explicarlo en el Parlamento valón, y con una negociación entre los gobiernos central y local de Bélgica. Sin embargo, días antes de que los Veintiocho lo validaran, el Parlamento valón bloqueó el CETA. Y saltaron todas las alarmas.

El rechazo de la Bélgica francófona no acababa con el tratado, que podría firmarse más adelante una vez logrado el necesario consenso. Pero laceraba la credibilidad de una Unión Europea (UE) en horas bajas, con dificultades en los últimos tiempos para recuperar el aliento a golpes de crisis migratoria, de deuda, griega o "brexit".

En un momento en el que se perseguía especialmente la estabilidad, económica y política, de pronto la UE corría el riesgo de revelarse incapaz de superar un obstáculo aparentemente menor que amenazaba un nuevo marco comercial para 543 millones de personas.

"Cuando concluimos un acuerdo comercial con Vietnam, mundialmente conocido por aplicar todos los principios democráticos, nadie levantó la voz. Cuando lo hacemos con Canadá, una dictadura redomada, hay protestas", resumió con ironía Juncker, que no escondía su enfado tras la cumbre de líderes de la UE de octubre, en la que el tratado debía recibir luz verde de los Veintiocho.

La CE negoció con Valonia, con nocturnidad. Canadá también, hasta que su ministra de Comercio Internacional, Chrystia Freeland, anunció al borde de las lágrimas que su país ya no trataría más con la mitad de uno de los veintiocho países de la UE. Tomó un avión y regresó a casa.

Empezó entonces una carrera contrarreloj para salvar el acuerdo en cuestión de días, entre las administraciones belgas y entre los negociadores de la Comisión Europea. Las instituciones europeas enviaban mensajes de optimismo, hasta que se vieron abocadas a suspender la cumbre UE-Canadá que debía servir de marco para la firma del CETA. Horas después, los belgas alcanzaron un acuerdo interno, se lo presentaron a los embajadores de los países de la UE en Bruselas y estos, a su vez, a sus capitales. Todos aceptaron.

En él se incluía un anexo mediante el que Bélgica se reserva, entre otros puntos, el derecho de verificar con el Tribunal de Justicia de la Unión Europea la compatibilidad con los tratados europeos del polémico sistema de arbitraje. Finalmente, cuatro días después de lo previsto y con improvisado dramatismo, la Unión Europea y Canadá firmaron el CETA.

"Las cosas difíciles son difíciles", dijo el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, para resumir un pacto que se aplicará al 95 % una vez que el Parlamento Europeo lo valide el próximo enero, pero que todavía necesitará el visto bueno de todos los Parlamentos nacionales de los Veintiocho para entrar en pleno funcionamiento.

Un camino tortuoso para el que probablemente sea el mayor acuerdo de libre comercio de la UE en mucho tiempo, pues la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses ha obligado a Bruselas a meter "en el congelador" el pacto que los Veintiocho y EEUU negocian desde hace años, el TTIP.



 
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