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Gastronomía

Un viaje visual y gastronómico

12 de Diciembre de 2017
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Agencia EFE
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Nerviosos y expectantes por descubrir la cocina de Joan Roca, los vinos de Josep y los postres de Jordi.

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Nerviosos y expectantes por descubrir la cocina de Joan Roca, los vinos de Josep y los postres de Jordi.

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Nerviosos y expectantes por descubrir la cocina de Joan Roca, los vinos de Josep y los postres de Jordi.

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Nerviosos y expectantes por descubrir la cocina de Joan Roca, los vinos de Josep y los postres de Jordi.

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Nerviosos y expectantes por descubrir la cocina de Joan Roca, los vinos de Josep y los postres de Jordi.

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Nerviosos y expectantes por descubrir la cocina de Joan Roca, los vinos de Josep y los postres de Jordi.

Agencia EFE
Toda una declaración de intenciones de los hermanos Roca, los tres reyes de un templo gastronómico coronado como el mejor restaurante del mundo en 2013 y 2015.

Nerviosos y expectantes por descubrir la cocina de Joan Roca, los vinos de Josep y los postres de Jordi, subimos la pequeña rampa que conduce a un patio abrigado de miradas y vientos, bonito y, de nuevo, discreto. A la izquierda un edificio de aspecto clásico que deja entrever las cocinas. A la derecha uno moderno y acristalado que alberga un salón que invita al relax.

Unos instantes de desconcierto hasta que encuentras la puerta de entrada. Al abrirla, una bofetada blanca e impoluta con la recepción al comienzo de un pasillo en el que ya se ve una gran actividad. Y eso que es poco más de la una de la tarde de un sábado nublado y frío de noviembre.

Dentro todo es calidez y, sorprendentemente, hay pocos olores. Dos pequeñas rampas llevan al salón principal, distribuido alrededor de un pequeño patio triangular en el que unos árboles aportan el toque de humanidad a la decoración minimalista de las sillas de madera y las mesas vestidas de un impecable hilo blanco. Como adorno, tres simples piedras, una por cada hermano.

Un diseño de Tarruella Trenchs Studio que supo plasmar con una asombrosa exactitud la idea que los hermanos Roca tenían para su restaurante, que se instaló aquí hace ahora diez años, como nos explicarían luego Joan y Josep.

Nos sentamos deseando empezar a probar esa cocina por la que apenas hemos desayunado y que nos ha hecho ser la envidia de familias y amigos. Así que, por supuesto, vamos cargados con el móvil de turno para inmortalizar hasta el más mínimo detalle.

Y empieza el viaje visual y gastronómico con la primera gran elección. ¿El menú degustación de clásicos o el Festival? 5 platos y 2 postres frente a 11 y 3. El pasado de la casa que tanta gloria le ha dado o el futuro de la cocina hecho presente. Más unos aperitivos sorpresa, por supuesto. Es nuestra primera vez en el Celler y decidimos ir a por todas. El futuro en toda su grandeza.

Lo siguiente: ¿Maridaje de vinos? El número de copas que nos ofrecen -17- nos apabullan. Ya estamos con un delicioso cava y aunque no tenemos que conducir, decidimos ser más discretos: con cuatro copas bien elegidas nos parece bastante. Acabaremos tomando el cava, dos copas de blanco, dos de tinto y un vino dulce para el postre. Hay quien en el grupo se arrepentirá luego de no haber aumentado el número.

Pero no queremos que el alcohol ahogue con sus efluvios el disfrute de la comida, de ese menú que ya no podemos esperar más tiempo para empezar a probar.

Como niños pequeños en el día de Reyes, empezamos a abrir nuestros regalos. El primero, un recorrido por el mundo. Un precioso globo terraqueo que sostiene bocaditos de Perú, Turquía, Tailandia o Japón.

Explosiones de sabor que muestran las influencias de los hermanos y sus numerosos viajes por el mundo. Aunque domina la cocina mediterránea con productos de proximidad. Eso sí, buscando siempre la excelencia, que no son talibanes del kilómetro cero.

Por eso buscan las ostras en la Bretaña francesa porque son las mejores, algunos pescados vienen del País Vasco o quesos de Canarias. Pero eso sí, las gambas son de Palamós.

La infancia de Joan, Josep y Jordi, los artífices del Celler, se asoma a los platos en forma de miniaturas del bocata de calamares o de los canelones de Montse, la matriarca del clan. Casi un recortable que invita al juego con las imágenes infantiles de los hermanos en un viaje vintage a los años setenta con el que nos sentimos más que identificados.

Las sorpresas se suceden. Deliciosas navajas con pesto en un juego de texturas, cocciones y hasta de colores que busca y consigue la excelencia del sabor con un equilibrio perfecto -algo que todos buscamos en nuestros platos gracias o por culpa de Masterchef-.

Aceitunas heladas que se presentan colgadas de un verdadero bonsai, cigala con artemisa, caballa con judías del "ganxet", sepia con lías de sake, pato con maíz, cochinillo con papaya verde, consomé de cordero con tostada de lengua, civet de pichón...Si no están salibando es que no tienen corazón.

Los postres, poco dulces, son el cierre perfecto del menú. Una sorprendente planta con destilado de tierra, regaliz y hasta pepino o un libro viejo, en el que se pueden leer nada menos que pasajes de "En busca del tiempo perdido", de Proust. La imaginación desbordante de Jordi es pura magia en el plato.

Todo servido en vajillas específicas para cada plato, algunas de ellas recicladas de las botellas que cada día usan en el restaurante. Gran parte de ellas en blanco, el color dominante de toda la experiencia porque si a algo se parece el Celler es al cielo.

Un viaje en el que subes al cielo en un recorrido escalonado de cuatro horas porque cuando crees que ya ha acabado todo, aún llega Teresa con su precioso carrito de pequeños dulces. Y aunque estamos más que satisfechos, queremos probarlos todos. Chocolate blanco con pétalos de tosa o negro con remolacha; falsos bombones, piña macerada o magdalenitas minúsculas.

La noche va cayendo a nuestro alrededor y nos da una pena tremenda tener que acabar la experiencia. Así que la alargamos visitando las cocinas, donde los cocineros limpian a toda velocidad. En apenas dos horas llegarán los nuevos 50 comensales que tendrán la suerte de disfrutar del Celler.

Paseamos por las históricas calles empedradas de Girona mientras no paramos de hablar de cada plato que hemos probado, de lo que cada uno ha sentido. De ese supermodelo que comía discretamente cerca de nuestra mesa o del supercrítico que tuiteaba sobre cada plato.

Y como buenos españoles, empezamos a pensar cuál será nuestro próximo destino gastronómico. ¿País Vasco o Andalucía?
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