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El arte como distinción de clase

21 de Noviembre de 2017
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"Fortuny es el más importante pintor español decimonónico entre Goya y la modernidad", ha explicado Carlos Reyero Hermosilla.

Agencia EFE
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"Fortuny es el más importante pintor español decimonónico entre Goya y la modernidad", ha explicado Carlos Reyero Hermosilla.

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"Fortuny es el más importante pintor español decimonónico entre Goya y la modernidad", ha explicado Carlos Reyero Hermosilla.

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"Fortuny es el más importante pintor español decimonónico entre Goya y la modernidad", ha explicado Carlos Reyero Hermosilla.

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La burguesía española hizo del trabajo y el progreso los ideales del siglo XIX, valores que encarnaban figuras como el pintor Mariano Fortuny y Marsal, quien se convirtió en un símbolo de esta nueva clase social, un aspecto de su vida que repasa el libro "Fortuny o el arte como distinción de clase".

"Fortuny es el más importante pintor español decimonónico entre Goya y la modernidad", ha explicado en una entrevista Carlos Reyero Hermosilla, catedrático de Historia y Teoría del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid, especializado en la pintura del siglo XIX y autor de "Fortuny o el arte como distinción de clase" (Cátedra).

Un libro que se adentra en la vida personal y profesional del pintor en una suerte de biografía íntima que evidencia el "interés correspondido" entre la sociedad burguesa y el propio Fortuny, que se convierten en una fuente de inspiración mutua.

"Esa sociedad admira personas hechas a sí mismas, como Fortuny, que es un hombre que sale de un entorno relativamente humilde y llega a triunfar", ha explicado Reyero. Y viceversa: "él se ve reconocido por esa sociedad, que le permite alcanzar sus aspiraciones y reafirmarse".

Unas aspiraciones que no sólo pasan por "demostrar sus habilidades y ser reconocido por ellas" sino también por una satisfacción de sus "exquisitos" gustos, todo ello posible gracias al abuelo de Fortuny, quien reconoció su potencial artístico en la más tierna infancia del pintor.

"Fortuny es un personaje bastante reservado, no le gustan especialmente las apariencias ni la vida social, quiere un lujo hacia adentro", afirma Reyero, que cuenta bienes como los tapices o las joyas entre los "objetos de deseo" del pintor.

Ese gusto por el "lujo íntimo" queda perfectamente reflejado en piezas como "Los niños del salón japonés" o "El almuerzo de Granada", dos cuadros donde realiza "una interpretación naturalista de su entorno" con la "sutileza" que le caracteriza, adquirida por su "profunda comprensión de la pintura tradicional española".

La primera de ambas obras ejemplifica, además, la delicadeza y exquisitez que el pintor dejó en herencia a su hijo mayor, Mariano Fortuny y Madrazo, pintor, fotógrafo y diseñador reconocido por su vestido Delphos, y quien aparece retratado en el lienzo jugando, en su infancia, junto a su hermana María Luisa.

"La cultura de Fortuny hijo es cosmopolita, se nutre de la Grecia Clásica, de la sofisticación europea, la sensibilidad oriental, y todo ese mundo está recogido en ese cuadro", afirma Reyero citando a un compañero de profesión: Javier Pérez Rojas, catedrático de Arte en la Universidad de Valencia, quien repasa esa relación padre-hijo en el artículo "Pensemos que todo empezó en el salón japonés".

Precisamente es la vida familiar de Fortuny y Marsal la que salpica esta biografía de anécdotas íntimas, muchas en forma de cartas a sus amigos, como una dirigida al también pintor Tomás Moragas, a quien escribió: "No te pido noticias de los amigos porque ya no sé cuáles son mis amigos verdaderos".

Esta frase, presente en una carta que escribe tres meses antes de contraer matrimonio con Cecilia de Madrazo, es para el autor una "clara muestra" de la evolución personal del artista, que pasa de experimentar "la ilusión por casarse y triunfar" al "miedo al desencanto", una sensación "muy humana", asevera Reyero.

Ese Fortuny transformado cierra "Naranja", el segundo capítulo del libro, que está organizado por los colores del arco iris, de los cálidos a los fríos, en un guiño a ese paso de la pasión a la costumbre, y a la utilización de colores vivos, uno de los elementos técnicos más característicos del pintor.

Sin embargo, para Reyero, la mayor "herencia artística" de Fortuny al arte español y europeo no es su manejo del color, sino su capacidad para "captar de manera sintética los aspectos esenciales del personaje", recurriendo a rasgos "muy sumarios" para reproducir gestos, actitudes y personalidades, que dan vida a sus obras.

Una habilidad que se puede apreciar en "La vicaría", considerada la pieza más famosa de Fortuny, donde representó el momento en el que los testigos de una boda firman en la sacristía.

Sorna, alegría, concentración, aburrimiento o interés en una conversación cuchicheada son los talantes que pueden leerse en las caras de los asistentes, quienes conforman una de las escenas más comentadas y "criticadas" del arte de Fortuny en la modernidad.

Tanto esa faceta personal como la artística y profesional del pintor se podrán admirar en una exposición que el Museo Nacional del Prado acoge desde el 21 de noviembre hasta el 18 de marzo de 2018.

Una muestra donde, como novedad, los cuadros de Fortuny compartirán el espacio con antigüedades que el pintor fue coleccionando, revelaciones de "esa sensibilidad de los placeres de los objetos" presente en su vida privada y en sus cuadros, y que hizo de él un gran retratista del lujo burgués del siglo XIX.
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