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ANÁLISIS

Desmontando el proteccionismo

28 de Febrero de 2017
El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

El proteccionismo que hoy tienta a muchas sociedades avanzadas es una manifestación de los instintos que intentan prevalecer sobre la razón, es un intento anacrónico de volver a la tribu, al aislamiento frente al extranjero, a su demonización”. José Luis Feito, presidente del Instituto de Estudios Económicos, explica de esta manera tan gráfica qué es lo que, en el fondo, está llevando a cuestionar la globalización y el comercio internacional en pleno siglo XXI. Y avisa de que no es sólo algo propio de movimientos antiglobalización o de partidos anticapitalistas, “que tienen como objetivo liquidar el sistema y volver a las utopías de la antiproducción”. Como decía Oscar Wilde, “George Bernard Shaw no tenía enemigos pero sus amigos no le querían”. A la globalización le pasa lo mismo: cuenta con “falsos amigos”.

Desde que estalló la Gran Recesión, que ha afectado especialmente a los países desarrollados, se ha cuestionado más que nunca la globalización y el comercio internacional. A nivel internacional, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se muestra a favor de frenar los tratados de libre comercio y quiere imponer aranceles más elevados. El Brexit también ha sido una respuesta proteccionista inesperada, que ha puesto en duda los cimientos de la Unión Europea. La ultraconservadora Marine Le Pen, primera en las encuestas para ganar las elecciones presidenciales en Francia, aboga abiertamente por sacar a su país de la UE. En España, partidos abiertamente anticapitalistas han entrado con fuerza en el Parlamento. Según Feito, “el proteccionismo es hoy una de las grandes amenazas que se ciernen sobre la economía mundial”.

Aunque está en boga proclamas como “Made in USA” (fabrica en EEUU) y “Buy USA” (compra productos de EEUU), un solo ejemplo ilustraría que es contraproducente. El mero anuncio por parte del presidente de EEUU, Donald Trump, del posible establecimiento de un arancel de un 25% a los productos importados de México, junto a potenciales restricciones a la entrada de trabajadores mexicanos a EEUU, ha inducido a una caída del tipo de cambio del peso mexicano frente al dólar estadounidense del 40%. Es decir, la apuesta por el proteccionismo ha hecho que los productos mexicanos sean más competitivos que antes del anuncio de la medida. “El empleo ganado con proteccionismo es efímero ya que sólo se puede mantener cada vez con más proteccionismo, lo que antes o después, termina siendo inviable”, avisa el presidente del Instituto de Estudios Económicos.

Los antiglobalizadores dicen que uno de los efectos de la globalización son los bajos salarios. Pero las estadísticas muestran que tampoco es verdad: “Si los bajos salarios fueran los únicos determinantes del poder exportador de un país, los países africanos liderarían el comercio mundial. Sin embargo, son Alemania, Suiza, Holanda y los países escandinavos, cuyos niveles salariales y de protección social son los mayores del mundo, lo que exportan una mayor proporción de su producción total de bienes y servicios (una proporción que prácticamente duplica la de China o India)”. ¿La razón? La competitividad exterior de un país no depende sólo de los costes salariales sino de la calidad del empleo, de la cantidad y calidad del capital, de la productividad y de la capacidad del país para competir en los mercados internacionales. La solución para aumentar los salarios no es más proteccionismo sino más educación, más inversión empresarial y más avances tecnológicos.

Es cierto que los avances tecnológicos y la apertura a otros mercados pueden provocar -a corto plazo, en algunos sectores y en algunas empresas- efectos negativos en algunos colectivos del mercado laboral. El documento del think tank admite que “el comercio internacional, aunque sus efectos netos totales sobre la desigualdad de rentas sean muy reducidos (en el peor de los casos), puede reforzar el impacto negativo del avance tecnológico sobre algunas empresas y ocupaciones”. Sin embargo, la apuesta por la globalización termina siendo positiva. En primer lugar porque las empresas y los empleados sufrirían antes o después el impacto del imparable desarrollo de los países menos avanzados y por el cambio tecnológicos. En segundo lugar, porque los nuevos sectores dinámicos de un país absorben rápidamente los recursos laborales perjudicados inicialmente por el avance tecnológico y el comercio. Y en tercer lugar, porque el aumento de renta provocado por el auge de las tecnologías genera más ingresos públicos que pueden dedicarse a políticas como la educación y la formación profesional.

José Luis Feito ofrece la siguiente “terapia”, además de la educación y la formación: “Las instituciones del mercado de trabajo deben eliminar los incentivos a que el empleo sea el principal mecanismo de ajuste ante caídas de la demanda y se han de instrumentar políticas activas encaminadas a mejorar la empleabilidad de los desempleados”.  Y avisa que los falsos amigos de la globalización, intentando frenar a los enemigos abiertos de la globalización, frenan el libre comercio, suben impuestos y elevan el gasto público, terminan fomentando el estancamiento económico y la recesión y, por ende, fortaleciendo a los movimientos antiglobalización.

Este economista recuerda que “ha sido la última oleada de liberalización comercial y globalización”, desde los años setenta del pasado siglo hasta el comienzo de la Gran Recesión, la que ha conseguido que hoy mueran en el mundo menos personas de hambre que de exceso de comida o que mueran menos personas por muertes violentas de cualquier tipo que por suicidios. A su juicio, “la tecnología, el comercio internacional y la globalización, apoyados en las instituciones económicas que lo sustentan, son las fuerzas que han hecho posible la civilización y, con ella, el tamaño y la calidad de vida actual de la población humana”.
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